UTOPIAS PARA EL 2011
Resurge la esperanza: si podemos superar las décadas y generaciones de violencia y transformar la sociedad radicalmente con movilización pacífica
Estos tiempos de guerra presente en la vida cotidiana, ha instalado en las mentes de muchos colombianos un prejuicio que venía frenando la movilización decisoria de la ciudadanía. A muchos las ideas arraigadas de que no es posible alcanzar la paz sin agravar la guerra, o de que terminar la violencia es casi imposible mientras que no se corrijan las injusticias, han terminado por inmovilizarlos ante la acción aplastante de los ardorosos entusiastas de la guerra y de los hiperlucrativos negocios globales que la acompañan.
Ahora se hace posible y cercano profundizar en la implantación sólida de las bases para construir un país que lucha por su bienestar y prosperidad, a partir de la solidaridad humana, los valores humanistas de la paz y la resistencia pacífica. No se trata de negarse a cambiar el mundo radicalmente, por el contrario es quitar del camino el principal obstáculo a la movilización de los colombianos que es la guerra.
Se trata de trata de jugar socialmente para transformar la sociedad inequitativa e injusta a partir de una norma esencial: la vida es sagrada por lo que la violencia no se justifica. Será con creatividad y el talento en equipo, con la movilización ciudadana que abordaremos la transformación revolucionaria de la sociedad colombiana, dejando atrás la historia de atajos excluyentes, políticos clientelistas, guerras interminables y corrupción destructiva.
EN LA COLOMBIA DE CRISIS Y REELECCIONES: equipo en el partido verde
SE PUEDE TRABAJAR EN EQUIPO
Pero eso no sería tan grave si los resultados de esa política de seguridad, con el inevitable apellido de democrática, no se hubiesen constituido en el pretexto de la más furtiva e ilegal campaña electoral de nuestra historia. Cuando los logros, por muy importantes que sean, sobre los problemas más negativos, se constituyen en el pretexto para pasar por encima de los buenos elementos existentes, estamos ante la paradójica situación, que la sabiduría popular ha resumido diciendo: lo que hizo con las manos lo desbarata con los pies. El orgullo de las élites gobernantes era que Colombia tenía el record de institucionalidad presidencial en América latina: solo un golpe de militar en un siglo y eso aprobado por el establecimiento en la crisis de la violencia! Siempre los gobernantes habían aceptado las reglas del juego democrático en esta materia de sucesión presidencial, de ello se enorgullecía Colombia. Lo peligroso es que poderosos, pero irresponsables sectores, han promovido cambiar plebiscitariamente, a cualquier costo, las normas en medio del juego y a favor del que ahora proponen como único capaz de continuar su propia obra. Es como si jugando ajedrez el de las fichas blancas decidiera que el rey se mueve todos los espacios que quiera y de paso lo autoriza a capturar de todas las fichas que le venga en gana.
Pero lo grave del contexto colombiano no se limita al arrasamiento de los propios principios democráticos tan ardientemente defendidos. Si se revisa con cuidado y se hace memoria el escenario es lamentable. La corrupción que de siempre ha reinado, ahora es emperadora. El escándalo del momento oculta de los medios y de la memoria al anterior: el saqueo de los subsidios de agroingreso seguro tapó el espionaje del DAS, que a su vez había tapado el de los falsos positivos, que remplazó los escándalos de la yidis política y demás paramilitares en los partidos políticos de la coalición de gobierno o el escándalo de los mafiosos en el palacio presidencial o “casa de de nari”, las sospechosas maniobras en las licitaciones en el INCO (Instituto Nacional de Concesiones) o por el tercer canal de TV privada, etc., etc. Pero tampoco ha mejorado la Justicia, elemento clave para alcanzar la democracia. La impunidad es pan de todos los días y la disminución de la independencia de los órganos de control y justicia se hace cínicamente.
Y participar en política que es la solución normal en cualquier país normal, se ha constituido en una lamentable carrera de políticos inversionistas que buscan más influencia y el saqueo de las arcas públicas. Dicen que para ser elegido representante a la cámara o senador se requieren varios miles de millones de pesos, claro dependiendo de si se apoya la reelección o no.
Pero para empeorar el escenario el desmonte de las estructuras armadas y de complicidad política de los grupos paramilitares que negociaron entre los años 2003 y 2006, fue parcial e incompleto y si bien las bandas emergentes, son menos en número, hoy son más poderosas y abiertamente financiadas por el narcotráfico; del otro lado, las guerrillas replegadas en obscuras selvas y montañas, siguen por su despeñadero ideológico que los arrastra al maquiavelismo de todo vale (narcotráfico y violación del derecho internacional humanitario, por ejemplo) para alcanzar sus ideas que se sostienen en el más anacrónico sectarismo.
Claro está que ese panorama se debe también considerar desde la perspectiva de la política económica que a varios sectores empresariales les ha permitido evadir la crisis global y continuar exitosamente con sus proyectos de alianzas y negocios globalizados.
Ante esa situación, a un ciudadano que tenga una mente crítica e independiente pareciera no quedarle espacio para el optimismo. Pero en la historia muchos pueblos han salido de crisis profundas, aún peores a la colombiana, superando el freno de la polarización, del desencanto y la falta de confianza. Ahora que cumplimos doscientos años del grito de independencia de 1810, primer paso para la construcción de la nación colombiana, estamos ante la oportunidad de reflexionar e iniciar el recorrido de un nuevo camino.
Hace falta una nueva forma de participar, de encontrarnos y trabajar en equipo, de aprender a resolver los problemas superando las trampas del modelo de competencia y consumo neoliberal. Un modelo interesante de superación de diferencias no esenciales para buscar esas respuestas y construir los espacios necesarios para cambiar hacia una sociedad que busque la equidad social y la seguridad política con libertad y oportunidad, es el ejemplo que dan hoy los tres exalcaldes de Bogotá –Antanas Mockus, Lucho Garzón y Enrique Peñalosa– que tan distintos son, pero que precisamente por ello, por su diferencia y creatividad, son capaces de armar equipo hasta para ir de ciudad en ciudad, los tres al tiempo, a presentar sus nombres a una consulta por la candidatura presidencial, superando sus orígenes tan diversos para crear un partido de proyecto esencial para el futuro, el ecológico y social Partido Verde.
En colombia: EXISTE ALTERNATIVA: UNIR FUERZAS POR EL ACUERDO HUMANITARIO
A esta iniciativa, que hay que calificar de incompleta o parcial, se le puede saludar positivamente porque es la expresión de un sentimiento real de quienes nos aterramos de lo despiadado de las condiciones del secuestro que destroza las vidas de sus victimas, pero para tomar una decisión de apoyarla o no es necesario considerar los siguientes aspectos con el propósito de arrojar luces a este complejo momento histórico de Colombia:
1. Definitivamente los procedimientos conque las FARC hacen política son macabros, violan todos los derechos humanos más esenciales y por ello tienen conmovidos a millones en Colombia y en el exterior, por su frialdad inhumana y despiadada.
2. Pero el gobierno del presidente Uribe se ha portado con una arrogancia y terquedad tal que crea las condiciones para que las FARC se ratifiquen en su estilo también intransigente y despiadado. Como el gobierno estableció como punto "inamovible" el no despejar de fuerzas militares y policiales los dos municipios en que la guerrilla declara que está dispuesta a reunirse con delegados del Estado para acordar el intercambio humanitario de secuestrados por presos de las guerrilla, la suerte de los secuestrados queda a la deriva. Ni la guerrilla cede en su exigencia del despeje de esos municipios y ni el gobierno da un paso atrás en negar esa posibilidad. Así llevamos cuatro años y los ciudadanos secuestrados simplemente se convierten en un referente frío para las demostraciones de pavos arrogantes de los políticos llamados democráticos del gobierno y de los políticos autoreinvidicados revolucionarios de la guerrilla.
3. Ahora a esto se suma que la liberación que unilateralmente la guerrilla hizo de las dos secuestradas que inundan la prensa de las últimas semanas fue mediada por el presidente Venezolano Chávez, que con este pretexto adelanta un agrio enfrentamiento mediatico con el presidente Colombiano, al que le exige inoportunamente que retire a la guerrilla de las lista imperiales de terroristas, condición que el cree necesaria para cualquier proceso de paz.
4. Uribe, ciertamente tiene un rabo de paja en sus antiguas relaciones con el paramilitarismo contrainsurgente de extrema derecha, criatura macabra de fabricación de la mafia narco, muchos terratenientes ganaderos y grandes sectores de las fuerzas militares y el Estado, que desde los años ochenta decidieron adelantar una guerra sucia contra todo lo que les sonara social, y que dejó miles de muertos y desplazados internos en los últimos cinco lustros de la paradójica historia colombiana.
5. La guerrilla insurgente nacida en la lucha contra las injusticias ancestrales de la sociedad colombiana, luego de casi medio siglo ha terminado financiando su acción militar y política con el narcotráfico y el secuestro. Esto en una prueba, como lo sostenemos tantos luchadores sociales humanistas sobrevivientes de genocidios políticos, de que los objetivos sociales de justicia no se pueden alcanzar utilizando los medios del terror y la violencia inhumana.
6. La guerrilla hace política con el terror, y el gobierno hace política dándole la espalda al dolor. Y los dos lo hacen a plena conciencia guiados por el frío cálculo político: la guerrilla para recuperar y ganar espacio político en Colombia y en el exterior, ante la avalancha de guerra del plan Colombia financiado desde E.U. Y el gobierno lo hace para ratificar su dureza y resentimiento que espera lo lleve a derrotar militarmente a la guerrilla.
Está bien rechazar el secuestro y la forma de actuar terrorista de la guerrilla. Pero, pregunto, ¿sería para respaldar al gobierno de Uribe en su desidia calculada contra las victimas del secuestro? No puede ser así. En Colombia también existen campañas menos efectistas pero más humanas que exigen al gobierno y a la guerrilla llegar de inmediato a un acuerdo humanitario para liberar a los secuestrados. A los dos sectores se les debe exigir y de hecho al gobierno más, si quiere demostrar su carácter democrático: si un grupo ilegal secuestra, el gobierno no se puede negar con pretextos tácticos en la práctica a liberar estos ciudadanos y ciudadanas victimizadas por el horror, pues se hace su cómplice en el método y en la insensatez.
Ante los diputados muertos por las Farc
HORA DE EXIGENCIAS HISTÓRICAS
La presentación mediática de las multitudinarias manifestaciones de protesta ciudadana que se desarrollaron en las ciudades colombianas el 5 de julio de 2007 rechazando el secuestro dejó a los observadores cuidadosos una cosa en claro: en esta nación no existe unanimidad acerca de cómo enfrentar el conflicto armado que le ha agobiado, por lo menos, por cuatro décadas. La mayoría de los ciudadanos, sin importar su nivel de comprensión del conflicto, está de acuerdo con que es necesario alcanzar la paz, pero de ahí en adelante todo es división. Y paradójicamente a esa división aporta el presidente de la República Álvaro Uribe en su febril estrategia político-militar.No se trata simplemente de un desacuerdo sobre el procedimiento para lograr la liberación de las víctimas del secuestro y la incondicional entrega de los cadáveres de los diputados muertos en el ignominioso cautiverio a que los sometieron las FARC por más de cinco años. Es un descuerdo por algo más profundo.
En el gobierno, en la dirección ejecutiva del Estado, el presidente Álvaro Uribe asegura tener todo claro y lo predica en sus tonos de patriarca de tribu: su objetivo fundamental es el de destruir
En la sociedad, por su parte, los ciudadanos se dividen en un amplio espectro de opiniones y acciones. El lindero derecho de este arco multicolor de opiniones está ocupado por los que siguen ciegamente la promesa militar del Presidente, muchos de ellos confirmados en su radical posición por las tragedias que han protagonizado como víctimas o como actores del conflicto. Hasta el propio presidente y varios de sus ministros han sufrido episodios de secuestro y muerte. Mientras que funcionarios, políticos de la coalición presidencial, empresarios y hasta multinacionales han sido mencionados o incluidos por la justicia como inspiradores o partícipes de los brutales grupos anti-insurgentes o mafiosos paramilitares, hoy en polémicos procesos de desmovilización.
No obstante es necesario tener plenamente claro que entre quienes siguen al presidente en su tozuda posición se cuentan miles de ciudadanos comunes y corrientes que desean el fin del conflicto, pero que tras experiencias frustradas del pasado perdieron la fe en el diálogo, y desde el ascenso del presidente Uribe oscilaron a la posición que cree en la guerra como la salida de este agotador conflicto… Y ven de ello pruebas en el repliegue a que se han visto forzadas
En el otro extremo están los convencidos de que es necesario y posible conversar en medio del conflicto para llegar a acuerdos humanitarios y al propio final del conflicto. Su argumento se fundamenta en que la guerra la hacen humanos y que históricamente se ha demostrado que la conversación entre humanos es mejor que las balas. Para quienes compartimos esta posición es claro que es posible un acuerdo humanitario para la liberación de los secuestrados, así como para iniciar procesos de conversación con mediación de países e instituciones internacionales, que serían la salida al pantano de guerra y deshumanización en que ha caído Colombia
Paradójicamente entre las personas que participan de la posición por el diálogo están desde los que abandonaron la lucha armada para dedicarse a la lucha política electoral democrática o simplemente a la vida cotidiana pacifica, pasando por sobrevivientes de las guerras sucias que exterminaron
Pero como lo señalábamos arriba no se trata de simplemente de dos posiciones, se trata de un espectro muy amplio en el que las posiciones oscilan entre los extremos según, entre otras cosas, los medios de comunicación manipulen la información. Basta con reconocer que entre los que hoy defienden la guerra se cuentan algunos que creen que en algún momento la guerrilla se verá forzada a conversar por su debilidad militar; mientras que del otro lado hay quienes consideran que es necesario un despeje como lo piden las FARC, pero sin cederle espacio político a la guerrilla. Ahora, además, está surgiendo una posición central que busca una tercera vía que sirva de salida a las terquedades de las partes extremas del conflicto, que venza con creatividad la obstinación del presidente en su posición triunfalista y la necedad estratégica de las FARC.
No se trata de colocar al Estado y a las FARC en el mismo nivel, pero si de señalar que el presidente al argumentar monolítica y mecánicamente desde su visión estratégica militar polariza irresponsablemente a la sociedad y se coloca en una posición de guerra, lejana al interés de la sociedad civil esperanzada estratégicamente en la paz.
Se alega que el presidente tiene opinión a favor en altísimos porcentajes, y que las propias acciones demenciales de la guerrilla contribuyen a ello. Pero eso no cambia que el Presidente sostiene la guerra como única salida al conflicto, posición que cuidadosamente considerada coincide con la intensión de
Estos hechos de la situación colombiana permiten intuir una terrible sospecha: estamos ante un conflicto autosostenible en lo político gracias a la testarudez de los principales actores institucionales y subversivos, pero también, y quizás principalmente, por los flujos de recursos económicos que desde el exterior le alimentan. Está el multimillonario negocio del narcotráfico que permite a la guerrilla y a los grupos paramilitares disponer de armas y recursos logísticos enormes. Y también están los dosificados componentes militares del Plan Colombia que ya se extiende por tres periodos presidenciales, sumados a los multimillonarios presupuestos militares. La guerra se ha constituido en la forma de ser y vivir de los actores del conflicto colombiano; de los que se niegan a conversar, de los que anteponen su “honor y valores” a la vida de secuestrados, de los desplazados y en general de los colombianos.
En estas situaciones históricas se requieren grandes ideas, decisiones y acciones. Pero como en Colombia, momentos que parecen tan definitorios -como la masacre de los diputados secuestrados- no terminan por constituirse en giros que den nueva ruta a la situación, entonces surgen preguntas inquietantes. ¿Será que nuestra sociedad es tan inmadura políticamente que simplemente oscila entre las posiciones intransigentes de los actores?, ¿O será que los sectores que creen en la potencialidad sanadora del diálogo no tienen la capacidad de explicación y movilización que requiere el momento?.
Parece se que las fuerzas que pueden encabezar un movimiento que gire progresivamente hacia procesos de convivencia y paz, en donde los conflictos sociales, culturales y económicos puedan desplegarse en condiciones de derecho social, democracia participativa y justicia social, carecen de la seguridad en si mismas, en su fuerza y capacidad de convocatoria. Y esto, ciertamente, se puede explicar entre otras cosas por efecto del propio conflicto armado que ha exterminado a lideres a todos los niveles del movimiento social, pero no se puede continuar dejando la responsabilidad de cambio en factores externos o en momentos pasados. No más llorar sobre lo mojado, se trata de pasar con originalidad a la tranformación.
En Colombia tenemos que trabajar por recuperar la autonomía de la sociedad frente a las posiciones guerreristas. Esa es tarea urgente en la historia nacional. Se requiere que los sectores de la sociedad civil con interés real por construir la paz hagan reales esfuerzos para recuperar autonomía frente a estas dos posiciones radicalizadas y peligrosas, por no dejarse manipular por los discursos justificativos de la guerra, por construir alternativas autónomas, que puede significar desde acompañar las caminatas hacia Bogotá o las acciones de los gobiernos locales por el dialogo y el acuerdo humanitario, pero también de conversar entre los que en la sociedad se desilusionaron coyunturalmente del dialogo y los que creen en el.
Propuestas de grandes acuerdos por la paz, también son validas. Pero son insuficientes y de pronto hasta inocuas, si esos grandes acuerdos se reducen a cócteles entre personalidades, que se autoatribuyen la representación de la sociedad, con difusión en los medios de comunicación.
La sociedad civil entendida como el amplio potencial creativo y transformador de sectores sociales como el de los trabajadores y el sindicalismo, el movimiento comunal y cívico, los procesos y movimientos de organización económica microempresarial y asociativa solidaria, las organizaciones de los pueblos indígenas y étnicos, los procesos reivindicativos locales y regionales, las comunidades religiosas e iglesias socialmente preocupadas, los grupos minoritarios de quienes reivindican derechos libertarios o de originalidad sexual o cultural, los ecologistas y defensores de la naturaleza y sus recursos y en fin todas las expresiones del abigarrado, pero hasta hoy desarticulado movimiento social colombiano, tienen una tarea histórica central: entender su papel, precisar sus propuestas, recuperar su confianza y decidirse a reencontrase y actuar para detener a los guerreristas con la movilización ciudadana impactante que presione a políticos, gobernantes y personajes de las elites oligárquicas a decidirse, por fin, a abandonar sus poltronas cómodas y rentables para permitir que los y las colombianas de esta y futuras generaciones podamos recorrer un sendero histórico innovador, libre y en paz.
